Ficción efímera
Cómo ruge el neón del escaparate. Cómo entra el frío en la ciudad, arrastrándose desde las montañas, salivante y preparado, para morder nuestros tobillos. Casi no puedo escribir, casi no puedo escribir. La punta de mis dedos es escarcha, y en los ojos hay sombra. Hace tiempo que no escribo, hace tiempo que no escribo. Me duele lo que hay alrededor. Pero quiero sumergirme, flotar en el sopor de la incertidumbre, en el océano de la contingencia, y chasquear mis huesos hasta sentir la presión en las sienes tras la explosión. Y entonces escribiré, y entonces escribiré, y las sonrisas volverán a ser maliciosamente dulces, tras el caos autoimpuesto.