Entraña

Estoy en la cocina, tras un día algo delirante en el que he debido luchar contra el cansancio físico y emocional que suponía el volver a separarme de ti, tener que forzarme a salir del microuniverso de la madrugada compartida, alejarme a rastras de tu cuerpo apretado y caldeado, desenlazar mis piernas de las tuyas... En definitiva, abrirme las tripas y salir de la cama. 

Tras el trascurso de una tarde ajetreada en la que, como de costumbre, he vuelto a dejar mis obligaciones en la basura, son las 21.20 de la noche y cocino un puré de diversas verduritas que consiga calentarme o removerme algo por dentro. Apelando al masoquismo, he comenzado a escuchar la melodía fluida y nostálgica de Gabinete Caligari, si, esa que airea: ''Hay cuatro rosas para ti...'' 

Lo llamo masoquismo porque esa melodía tenue y pausada me transporta irremediablemente a una de esas noches tormentosas, rabiosas, sublimes, que transitamos en Castilla, tan lejos de nuestro epicéntrico sur. 

Mientras pelaba una patata, los recuerdos, el presente vertiginoso y el pantanoso futuro se han conjurado sobre mis sienes, como animalillos rabiosos, para hacerme llorar. 

Y así, pelando patatas y escuchando a los Gabinete no he podido reposar ni un ápice de segundo tu imagen delante de mí. Mis ojillos están de nuevo vidriosos tras escupir estas líneas, tras dejarme penetrar de nuevo por la intensidad de tu recuerdo, de nuestros recuerdos que se van forjando poco a poco y se convierten en hierro meloso e incandescente. 

Siento una fuerza sobrenatural y eléctrica que me posee al mirarte a los ojos, una fuerza que no consigo exorcizar por muchos minutos que camine a tu lado -realmente no quiero deshacerme de ella, solo siento el ansia voraz de perderme hasta ahogarme en el mar de nuestros cuerpos fundidos y transformados en una masa informe que se estremece ante el tacto esotérico de cuatro labios que se lanzan a la pista de baile-. 

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