Postdata

 ‘’But there will never be another you’’.- Chet Baker







Supongo que de eso se trata. Esa es la máxima de cualquier relación amorosa, el principio de lo irrepetible, lo único y genuino. Con el paso de los años y las relaciones amorosas -que no han sido pocas, por mi absurda tendencia a la sentimentalidad sexual, que se convierte fácilmente en aburrimiento-, percibo cada vez más la creación del universo de los amantes, Ese espacio único, donde entramos en lo liminal para hacerlo duradero, donde creamos, como diría Derrida, una cripta, un espacio irreal pero existente, ya que es que compartido por la subjetividad de los que lo comparten y anidan en él, siendo este espacio refugio perpetuo e irreproducible, un remanso de agua cristalina que fluye por los cuerpos y mentes de los que lo habitan, con un profundo y esmerado secretismo, una conexión que no puede ser compartida o perdería su condición de madriguera. 

Desde que tengo memoria, me recuerdo metiendo las narices en fotos de distintas épocas y lugares. Mi pasión por las fotografías podría definirse -de nuevo- en relación a mi sentimentalidad absurda, a mi necesidad de anclarme de vez en cuando en el pasado, observarme con perspectiva. Para mí, las fotografías enclaustran los sentimientos vividos en un preciso momento. Para mí, son sinestésicas. Cuando las observo mi piel se transforma y se adecúa a las sensaciones vividas, por muchos años que hayan volado. O tal vez solo se trate, una vez más, de la romantización del pasado, cargado de ídolos y diversos soles.

Hoy, en mi encierro postmoderno a causa de esta maldita enfermedad que ha puesto el mundo del revés, he vuelto a pensar en ti. Como siempre, he revisitado algunas de las muchas fotos que me hacías con tu cámara análogica. Siempre te estaré profundamente agradecida por aquel regalo que me hiciste. Esa cámara que me hizo apasionarme por los carretes y el papel, que tantas vivencias y recuerdos me hizo plasmar. También recuerdo esa noche, tormentosa como tantas otras. Esa noche me despedí de ti creyendo haber encontrado otro amor que podía sustituirte, amor que solo me hizo echarte de menos y volver a ti, como siempre se vuelve al hogar cálido. Esa noche lloré sobre la cámara que acababas de regalarme. Aún no entiendo como pudimos soportar nuestros latidos arrítmicos durante tanto tiempo. Tantísimo tiempo de peleas impasivas, miradas inertes y abandonos pasajeros. Sin embargo, atesoro los recuerdos a tu lado como mi botín más preciado. 

 ¿Te acuerdas? Esos tiempos en los que ambos llevábamos diferentes cámaras a todos lados, sumergiéndonos en una competición que siempre solías ganar. Tu manera de observar el mundo siempre me pareció algo tan único como impenetrable, esa forma de mirar que me desquiciaba y que tanto admiraba, precisamente por lo críptica que me parecía. Me parecías un misterio que intentaba descifrar una y otra vez, para acabar dándome de bruces contra el suelo. Es probable que toda esa magia que emanabas no fueran sino atributos que yo imaginaba, mitificándote hasta creer que tu magia y la mía conectaban de una forma sinuosa e incomprensible. Y, en cierto modo, así lo hacían. 

Este es uno de los cientos de textos que te escribo y que nunca llegaré a poner bajo tus ojos, ya que sé que de nada vale excarvar en el pasado común. No podría permitirme el volver a ti, ni podría herirte de ese modo. Ah, pero quererte, eso lo haré siempre. Los años pasan y los recuerdos quedan perennes en mi más inocente memoria y mi aún poco maltratado cuerpo. Aún así, no me explico cómo pude permanecer tantos años a tu lado, con esa sensación recurrente de estatismo que tanta bilis me producía. Supongo que la ternura que nos teníamos me hacía quedarme, hacía que nos cuidáramos como animales malheridos que buscan constantemente las zarpas melosas del otro, para herirse sin cesar y mirarse con dulzura tras la masacre. 

Los recuerdos mullidos siempre se aferran cual almíbar. Los paseos nocturnos, haciendo de cualquier esquina sucia nuestro reino momentáneo, las ganas de explorar los rincones en su nocturnidad más callejera, cargados de cerveza, botes de spray e infinitas esperanzas de eternidad. Las horas en la cama, con la sonrisa tierna puesta una junto a la otra. Los primeros viajes de adolescencia, creyendo que podíamos conquistar el mundo con nuestro amor estratósferico. Tus abrazos grabados a fuego en mi maldita mente, tu dulzura de niño enamorado, los pasos en falso, las lecciones de aprender (u olvidar) como mantenernos a flote por mucha mierda que se nos viniera en lo alto. En definitva, solo era eso, una obsesión enfermiza y quebradiza, como cualquier amor. Pero nosotros aprendimos a resistir creyendo a ciegas en un leitmotif que se nos quedó grabado a fuego: la recurrente idea de querer morir juntos. Aún recuerdo cuando le dijiste a tu padre que no sabías si estaríamos juntos de por vida, pero que tenías la certeza de que íbamos a morir juntos.

Muy en el fondo, indagando en mis tinieblas más enterradas y normativas, y haciendo justicia a mi sentimentalismo adolescente y a mi juventud temprana, aún deseo morir a tu lado, cumplir nuestra promesa de la romantización más banal y absurda, esa que es inherente al clásico romance de eternidad y vida conjunta.

A día de hoy, sé que no podría haber permanecido mucho más a tu lado. Tú te aferras a la permanencia, a la parálisis permanente. Yo, por el contrario, soy un pájaro revolucionado que ansía cambiar de nido cada no demasiado tiempo, a pesar de mi indeleble apego hacia los seres que me rodean en mi cotidianeidad. 

No obstante, cuando te veo de lejos, siempre me recorre un escalofrío. Cuando estamos juntos - manteniendo nuestra promesa, la de estar el uno para el otro por muchos años que pasen-, no puedo evitar regodearme en los recuerdos, en la idea de que mi alma fue tuya (aunque no tuya exclusivamente, de ahí la paradoja de mi ser) durante tantos años. No puedo evitar excitarme ante tu presencia, recordando esa conexión eléctrica que nos llevaba al Hades mientras gemíamos. Soy consciente de que tú necesitabas (y necesitas) alejarte de mí, sé que para ti también supongo una debilidad incongruente y eternamente insaciable, pero a diferencia de mí, siempre fuiste el que se alejaba más de la sentimentalidad, no permitiendo que esta te inundase o guiara tus actos. 

No puedo evitar pensar en lo fácil que hubiera sido quedarme a tu lado, cuidar de nuestro amor, dejar que me miraras con tu ternura característica por muchos años más. Por suerte o por desgracia, siempre me gustaron demasiado los retos de funambulistas y trapecistas. 


Te mando besos, no será el último texto que te escriba. Nunca podré arrancar de mi piel todas las vorágines, heridas y rayos de sol.


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