Rotación
"Eppur si muove" - Galileo Galilei
Y sin embargo, se mueve.
Supuestamente, esa es la frase que mencionó Galileo Galilei tras proclamar la teoría heliocéntrica, ante un tribunal de la Inquisición, que lo condenó a la reclusión hasta el último de sus días.
Hace algunas semanas que mis lunes han devenido en domingos extraños, con tareas que postergo para los días siguientes. Además, siempre suelen ser lunes de viajes, de ajetreo corporal y mental, de abandonar un sitio concreto en el que un resquicio de mi temporalidad se queda para siempre, como quien arroja un beso o se santigua ante algún altar podrido y áureo. Un vaivén de esencias que confluyen en algún punto determinado, numerosos paseos peripatéticos
Últimamente los fines de semana resultan reveladores, cada día festivo se muestra como una epifanía que me hace (re)plantear mis perspectivas, mi futuro inmediato y algo lejano. Un futuro que me abruma porque se presenta líquido, resbaladizo, y no me permite agarrarlo y mirarlo de frente, con la certeza de ser capaz de atraparlo entre mis manos, aunque sea por unos segundos. A trompicones encuentro lo que quiero que sea mi cuerpo, lo que anhelo que sea mi espíritu en un período concreto. Son horas repletas de largas reflexiones, palabras entrelazadas y preguntas con respuestas ambigua. Este fin de semana he comprendido el movimiento de las cosas, la necesidad de abandonar el estatismo, y he podido alcanzar la revelación de la virtud y la belleza de un río que cambia por completo y abraza cariñosamente sus meandros.
Desde el momento en el que el amovens - ese coche compartido donde se agrupan numerosas personas desconocidas para las que el viaje significa cosas muy dispares - cruzó el puente del Alamillo para rodar por Torneo, la avenida que marca mi pasado, mi presente y mi futuro, y aprecié las jacarandas que colgaban, rebosantes de flores violáceas que incitan a la hechicería y la melancolía, un sentimiento sobrecogedor se instaló en mis sienes. Las flores estaban suspendidas, levitaban en el aire en racimos tan atestados de vida que parecían que iban a caer de un momento a otro, y estallar contra el suelo como uvas que serán pisoteadas. La nostalgia de mis paseos en bici inhalando los colores de las jacarandas se apodera de mí cada vez que presencio esta imagen, o cada vez que pienso en lo mucho que disfruté la pasada primavera, tras un año lejos de ''casa'', y la vida convulsa de una maldita pandemia.
Siempre he defendido mi nomadismo, y siempre he sentido que puedo adaptarme a (casi) cualquier lugar y circunstancia, haciendo de este tránsito algo necesario y embriagador, en el que mi esencia puede metamorfosear y no adaptarse a ningún molde concreto. O tal vez será mi miedo al compromiso, a la estabilidad y al estatismo. Sin embargo, a pesar de encontrarme arropada por montañas titánicas y vigías que me llenan de ideas y me balancean, la sensación del retorno a un hogar (tal vez ficticio) me besa los párpados cada vez que vuelvo a cruzar el umbral del Guadalquivir, para volver a esa gran explanada monumental que es Sevilla. Al recorrer de nuevo los adoquines rotos que aprendí de memoria, un sentimiento de pertenencia y calma llega súbitamente, y me hace querer explotar los rincones que ya conozco y a los que tantos recuerdos tengo asociados. A pesar de este sentimiento de identidad, de bienestar fluido bajo los atardeceres en el río, las cervezas al mediodía en cualquier esquina y el regocijo que me produce encontrarme a la gente por la calle - porque claro, ¿qué sería una ciudad, un barrio, sin la gente que lo habita? - creo que este sentimiento de plenitud se debe en parte a volver al pasado, a las tardes largas y pegajosas, húmedas y lluviosas de los años anteriores. Volver a mi ciudad es volver a mi yo que habita en su zona de confort, que conoce las caras y las farolas desperdigadas, los rincones habitables y las mejores papas aliñás de La Alameda. Creo que es hora, de una vez por todas, de tomar perspectiva de mis nuevas aristas, inquietudes y pasiones, para así explotarlas al máximo e integrarlas como se merecen, y no dejarme atrapar por lo que una vez fui, por muy romantizada que tenga la visión de los otoños ya disfrutados.
Volviendo al tránsito, pienso en tus pendientes en mi mesita de noche, en tus caricias de miel y en tu sorprendente habilidad para sonreír por las mañanas, mientras yo me revuelco en mis fanganosos adentros y farfullo insultos sin sentido. En las primeras conversaciones bajo la lluvia, o saltándonos el toque de queda en aquella mesita endeble del kebab, donde tanto fluyeron nuestras promesas, como un maremoto que nos sacudía de pies a cabeza. Nuestra unión de sal y exploración ha pasado de ser un hogar con una chimenea encendida constantemente a un camino de piedrecillas que se nos clavan y que nos sacamos de los zapatos mientras recorremos el periplo de nuestros inevitables cambios y sensaciones que trasmutan. Creo que es difícil cambiar de perspectivas y resituarnos en nuestros cuerpos unidos, con la extrañeza propia de dos seres que están lejos a pesar de todos los intentos por enmascarar la realidad que se clava. No obstante, ahora escribo desde la asumida tranquilidad de quien tiene una cama caliente y un plato de sopa cuando el frío azota. La tranquilidad de creer a ciegas en tus manos firmes, en tus abrazos fuertes, y en el caudal de sentimientos que escupen nuestros cuerpos cuando pasa la lluvia primaveral y nos encontramos, una vez más, de frente, como bestias que ansían las furtivas caricias y las sonrisas de la tranquilidad.
Esta tranquilidad está (evidentemente) sujeta a cambios. Pero la revelación de la madrugada del domingo ha sido precisamente la capacidad de comprender que somos y seremos mutables, que los cambios son intrínsecos y que no nos queda otra que aprender a apreciar su rabiosa belleza. Así, nos movemos, corremos, devenimos todo lo que deseamos, somos mutables en forma y contenido, y somos vigías y guardianes de los cambios del otro, deseando aprender, deconstruir y rehacer. Así, aunque el peso del adiós, de ser la causante de esta distancia impuesta, haya recaído en más de una ocasión sobre mis ojeras, comprendo en tu mirada lo que hace tanto querías decirme y me negaba a escuchar por mi fijación con el tiempo, el futuro, y la emocionalidad de no poder agarrarme a tu brazo cuando lo necesito. Sin embargo, ahora creo comprender la fluidez líquida de este amor, que llega hasta los rincones más recónditos para dejar un olor a dama y jazmín. Siento en profundidad la fuerza de ser en parte dueña de una masa de energía caliente y poderosa, a la que damos forma con el paso de las primaveras.
Comentarios
Publicar un comentario