Fruta de verano

Recuerdo el sabor de la primera nectarina, llenando mi boca a quemarropa y emanando un líquido dulce, suave, tierno. 

                                                                                                                                   ¿Eras tú la nectarina? 

    Te hablaba de cómo recordaba mi primera nectarina en la cocina de tu casa, esa cocina que ya no existe más que en la memoria, que es a su vez lo que vertebra nuestra subjetividad, nuestro lenguaje, ¿y qué es el lenguaje si no memoria? (Derivas algo benjaminianas, como de costumbre).

    Lo cierto es que esa cocina existe en tanto que espacio habitable, aunque por el viento triste que merodea últimamente tu puerta me atreva a decir que ya no tiene la forma que tenía, aunque esté habitada por otras respiraciones acompasadas, bocanadas frenéticas de oxígeno en una mañana de desidia, otros olores que dejen un rastro de recuerdo mordaz. En mi memoria-lenguaje existe como ese espacio que conformamos, su forma, (la que fue, pero no la que es o la que deviene) sigue siendo certera y transparente, como si el olor de los muebles, el frío de las baldosas y esa ventana de rejas rojas continuaran inmunes a todas los demás mordidas de nostalgia. 

    Tal vez, incluso, hayan seguido nuestro rastro y hayan follado en sus encimeras anchas y limpias, hayan agarrado con ímpetu los tiradores del armario en los momentos previos al orgasmo, hayan descolocado el hornillo a manotazos salvajes, o incluso hayan vertidos litros de flujos sobre aquel suelo de color anaranjado.

    Te hablo de aquella nectarina que me comí y que tanto saboreé, mientras cojo otra del frigorífico en una cocina que se materializa en mis tendones como un vórtice temporal y que me da un manotazo de (i)rrealidad y me devuelve a los 19 años, se me eriza la piel a bocajarro y me instalo momentáneamente en la abstracción pura e inventada del recuerdo. Como siempre, te hablo solo de la nectarina pero oculto todas las demás sensaciones que gotean sobre mi cuello fugaces e incendiaras y hacen que me estremezca. Pienso en lo que no se dice, en el potencial de la no-legibilidad y en la importancia de guardar secretos para seguir transformando(nos). En ocasiones, encuentro un huracán de no-palabras significantes en todas nuestras conversaciones, aprecio nuestros gestos corporales, las miradas veloces, y cómo se guardan esas imágenes que laten tanto que hasta las podemos escuchar, recuerdos que creemos que conviene no expresar con el fin de no caer otra vez otra vez otra vez en las bocas del otro de forma desesperada y subversiva. El silencio es un monstruoso y atrevido factor de la comunicación, del lenguaje, y reflexiono sobre el peso estridente del silencio en todas nuestras conversaciones desde que aprendimos a pronunciar las sílabas del otro. Y ahí creo que siempre estuvo la clave, en lo no-dicho que el lenguaje no abarca y que crea(ba) lagunas de significación propia en las que solo podíamos ahogarnos a través del contacto físico y no-verbal, como un remolque pesado en mitad de la carretera que busca a tientas el amanecer.

    Hay momentos en los que siento que todo se vuelve un laberinto de desentierro de cadáveres a medias, los cadáveres que no se dejan o no se pueden mostrar por completo por el mero objetivo o necesidad de ser capaces de mantener la nueva dimensión de nuestra intimidad, una intimidad que rebosa cariño y caricias que nunca deben sobrepasar ciertos límites (no pueden, por ejemplo, aspirar a tocar una nube, o atravesarla). Me divierte recordar a medio-lenguaje todas aquellas anécdotas que derivan en una sexualidad animal e irreverente, me divierte la forma en la que obviamos esa parte del discurso, dejando un trozo de cadáver en la tierra fértil, saboreando la tierra mojada que explota explota explota en nuestro paladar y nos lleva a casa, y no podemos evitar el estremecimiento momentáneo, los cimientos que tiemblan una gelatina fría y débil; me divierte observar cómo se crea un eslabón eléctrico de alta tensión que se va cimentando a nuestro alrededor, y cómo el sentimiento de pertenencia se va agrandando hasta que debemos escapar bruscamente, romper una ventana de una patada o escalar al muro rasgándonos las uñas, para conseguir no electrificarnos. 

    Tenerte a mi lado siempre es un huracán, un vendaval que me arrastra de pies a cabeza, una temporalidad única-común en la que nos deleitamos al recrear el lenguaje que a través de signos creamos, aunque con la distancia impuesta de dos bestias que no podrían habitar bajo las mismas doctrinas (cada uno sigue a su lunático predilecto). Y sin embargo, y por suerte, (re)habitamos fragmentadamente, a veces por unas horas, y con suerte unos días, el estremecimiento de tocarnos de nuevo la piel en la que nos refugiamos con tanta testarudez, los nudillos cuyas grietas nos seguimos sabiendo de memoria, como quien aprende el alfabeto por primera vez y lo repite una y otra en su cabeza, recordando las esquinas de la caligrafía de cuando era un niño. La mayoría de veces, tengo que frenar el ansia que me invade las entrañas de querer abrir mis fauces, de volver a crear un desastre nuclear y hacer que comiences a incendiar mis muslos al paso de tus dedos. 

    Por el momento, queda el lenguaje-memoria, los lugares comunes y el pozo especial de los (ex)amantes, y a pesar de que las despedidas sean cada vez menos arrojadizas, quedarán nectarinas jugosas que exploten exploten exploten en nuestra boca.

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