No se deja domar

 


    El otro día, en la playa, Celia hablaba de algo así como ver algo que ya conoces por primera vez, es decir, volver a mirar o devolver la mirada como decía Olga que (a su vez) decía Sara Torres. Me resulta bastante curioso el concepto de volver a conocer algo que ya conoces, algo que ya te ha calado hasta la médula, donde has depositado tu atención, tus pensamientos, tu forma de habitar un espacio concreto, al menos si eres como yo y te mueves en un todo que se conforma de un monismo cuerpo-mente-subjetividad-alma-substancia etc que se inserta en el ambiente de una forma excepcional, no siendo capaz de abandonar la geografía del paisaje, creando una psicogeografía constante y abandonando parte de tu aroma asustadizo y rebosante de hormonas en cada azulejo que te atreves a tocar.
    Algo parecido me pasa a mí este verano con esta, la ciudad que me arropó y que me arrojó hacia los tugurios más infames, que me meció con una música en compás y que me dio las ganas de vagar constantemente entre callejones perdidos. Sevilla se me antoja ente extraño, huraño, extraviado y extraviada entre universos que ya conozco y mundos perdidos en cuyo barro no puedo hundir mis pies por una falta más que evidente de tiempo y memoria del futuro. Memoria que se ancla y que me lleva a lo que fui,  una identidad que ya no me pertenece sino que se ha ido descomponiendo en mis hombros hasta resultar hedionda, putrefacta. Por primera vez en muchos años, me observo huyendo, corriendo hacia direcciones aún más conocidas que esta, a una brisa atlántica que parece erizarme la piel y llenar mi boca de un dulzor de costumbre, de simplicidad, de escapada. 
    Salgo a estas callejuelas irregulares cada vez más asediadas por la gentrificación y el mal descanso, donde la precariedad ya no tiene cabida y es expulsada hacia zonas más oscuras donde los cortes de luz no cesan. El recuerdo informe e infame, la pura otredad amenazante como una sombra en mi cabeza, una imagen que no puedo asir por la huida en la que me sumerjo, acecha en cada esquina, acompañado de una memoria borrosa y recién hecha añicos. Qué difícil es no hablar del amor en cada palabra que escribo. El amor que fue brujo, el amor roto, unos cristales que se me están clavando en el fondo de la garganta y que me asfixian a cada paso que doy hacia adelante. Solo espero que esta cuerda rasgada suavice poco a poco sus amarres y sea capaz de llevarme hacia un mar abierto donde ya no haya rozaduras en las muñecas débiles. 
    Al final de cada historia siempre se repite el mismo leitmotif cansado, recurrente, con una cadencia frenética pero forzada a ser repetitiva: la fragmentación, la huida, la incapacidad ocasional y exasperante de aunar mis trozos irregulares y desperdigados. Una suerte de camisa de fuerza, de vísceras amontonadas, de flores en pleno vómito, palabras puntiagudas y un olor a azahar marchito que trata de llenarse de agua y retomar la vida. Una necesidad imperante de observar y pensar hacia dónde se dirigen estas carcajadas a la luna, estos gritos despiadados, estos gemidos continuos e incansables, este ansia de vivir que se escapa en hilos.

volver a ser volver a ser volver a ser 

volver a ver volver a ver volver a ver 

volver a caminar volver a caminar volver a caminar 

volver 

y la mirada, 

siempre está saturada. 

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