Ciudades que no merecen tanto amor
Me cojo un metro,
un tren,
un avión,
un autobús,
otro metro.
Te encuentro en una plaza en obras.
En constante tránsito
entre lenguas/lenguajes.
Paseamos por callejuelas
ajenas y cerradas,
encapotadas.
Te paras en seco.
Solo me besas.
Solo me besas
con esa inmensidad
que guarda tu cuerpo.
Tus manos que son:
un pozo,
una fuente.
(inagotables)
De ternura y olor a tierra.
Y
follamos
follamos
nos drogamos
nos cuidamos
Deshacemos nuestras cartografías,
tan coloniales,
tan impuestas.
Follamos.
Me miras y el mundo parece
inmenso, irreconocible.
En esta habitación
(como no) centroeuropea.
Atrapados en cafés de 5 euros,
añorando la ciudad cálida,
la vida brillante,
dócil y rápida.
Condensamos el tiempo,
amasamos nuestras horas
y jugamos
a la contranarrativa.
Durmiendo poco y besando en exceso.
Aprendiendo de nuevo
estos pliegues que
se hacen enormes
en nuestras bocas
húmedas, abiertas.
Conjuramos el pasado,
especulamos con el futuro,
y nunca ponemos objeción
al presente.
¿Acaso no es el tiempo esa espiral
no-discernible, maleable?
Saboreamos los rincones,
como quien espera poder
estrangular el tiempo
(solo un par de horas más)
Y aún se nos hace raro
este amor-llama:
lascivo, infantil, ubicuo, material, tranquilo.
Y eso que aún,
no somos conscientes
de todas las veces que nos
hemos quedado sin oxígeno.
La imagen del tiempo es un loop:
tus manos de melocotón,
bajando por mi espalda.
Un río extático.
Comentarios
Publicar un comentario